martes, octubre 6, 2026

El enemigo que no conoces / Por Lucía Deblock

 Desde hace unos días, medios de comunicación, analistas y comentaristas alimentan una nueva fiebre ante el movimiento de portaaviones, buques de guerra y alrededor de diez mil efectivos estadounidenses hacia Medio Oriente: Estados Unidos se prepara para invadir Irán. Los mercados reaccionan, los titulares multiplican la versión y el despliegue parece ofrecer una imagen irresistible. Hay, sin embargo, un detalle que estorba la narrativa: informaciones anteriores ya hablaban del relevo de grupos de portaaviones, de modo que parte de la espectacular acumulación puede ser apenas el solapamiento temporal entre los que llegan y los que se van. Pero concedamos la hipótesis: supongamos que Washington quiere intentarlo. Una cosa es intentarlo y otra, bastante distinta, conseguirlo.

La comparación con Irak ofrece una medida más útil de lo que significaría realmente una invasión. En 2003, Estados Unidos concentró cerca de 300 mil efectivos en el teatro de operaciones para una guerra contra un país de unos 26 millones de habitantes y 438 mil kilómetros cuadrados. Irán tiene hoy más de 90 millones de habitantes y 1.65 millones de kilómetros cuadrados: más de tres veces la población y casi cuatro veces el territorio iraquí, además de una geografía mucho más accidentada. Los diez mil efectivos que ahora se desplazan hacia la región se sumarían, por supuesto, a las fuerzas estadounidenses que ya están allí; el punto es otro: una invasión terrestre de Irán exigiría una concentración de fuerzas y una preparación de una escala muy distinta a la que puede inferirse de los movimientos que hoy alimentan los titulares.

Pero el tamaño es apenas una parte del problema. Irán lleva dos décadas preparando su territorio para una invasión mediante la llamada defensa mosaico, desarrollada después de estudiar las guerras de Estados Unidos en Irak y Afganistán. El esquema divide la defensa en comandos territoriales con capacidad para seguir operando aunque el mando central sea golpeado o las comunicaciones se interrumpan. La apuesta es precisamente evitar que un ataque de “decapitación” paralice al país: cuanto más profundamente penetre una fuerza invasora, más territorio tendrá que controlar, más largas serán sus líneas de abastecimiento y más oportunidades tendrán las fuerzas regionales de atacarlas desde distintos puntos. El mosaico busca convertir el avance del invasor en su vulnerabilidad.

Ninguna invasión terrestre se sostiene sin superioridad aérea. Pero mantenerla sobre Irán no significa simplemente enviar más aviones: exige conservar en operación toda la infraestructura que los mantiene volando mientras el adversario intenta destruirla. Irán ha desarrollado precisamente capacidades para atacar esa red desde tierra, con defensas antiaéreas, misiles y drones dirigidos contra bases, radares, pistas, depósitos de combustible y aeronaves. La batalla aérea, por tanto, no se libra sólo en el cielo. Se libra también cientos de kilómetros detrás del frente, sobre la infraestructura que permite que un avión despegue, ataque y vuelva a despegar.

El siguiente obstáculo está fuera de Irán. La invasión de Irak se preparó sobre una extensa retaguardia regional: bases, puertos, aeródromos y territorio aliado desde donde Estados Unidos pudo concentrar hombres y material antes de cruzar la frontera. Hoy esa retaguardia no está garantizada. Arabia Saudita ya negó a Washington el uso de la base Prince Sultan y de su espacio aéreo para una operación contra Irán, una decisión que mantuvo incluso después de una llamada de Trump a Mohammed bin Salman, mientras otros países del Golfo han restringido el uso ofensivo de las instalaciones estadounidenses en su territorio. No es sólo que esas bases puedan convertirse en blancos iraníes: Washington necesita primero conseguir permiso para utilizarlas en una nueva guerra.

El acceso terminó por reabrirse apenas la semana pasada, cuando Qatar y Arabia Saudita volvieron a permitir el uso de instalaciones que habían restringido. Pero conseguirlo exigió a Washington una nueva ronda de presión, negociación y garantías de protección. Ése es precisamente el cambio: Estados Unidos conserva una extensa red militar en el Golfo, pero ya no puede tratarla como territorio propio ni suponer que estará disponible para cualquier operación. Cada vez necesita invertir más capital político y militar —y ejercer mayor presión sobre sus aliados— para reconstruir una retaguardia que en otras guerras podía dar por sentada.

Recuperar el acceso a las bases, sin embargo, sólo resuelve el primer problema. Para volver a utilizarlas como plataformas de guerra, Estados Unidos tendría que reconstituir su capacidad operativa: redesplegar aviones de combate y cisternas, reponer combustible y municiones, restablecer radares y sistemas de apoyo y concentrar de nuevo personal y equipo. Al hacerlo, volvería a reunir activos de enorme valor en instalaciones cuya ubicación y vulnerabilidades Irán ya conoce y que, durante la guerra, demostró que puede alcanzar. Teherán no necesita impedir ese despliegue: puede permitir que Washington reconstruya allí su capacidad de combate y atacar cuando la concentración de recursos vuelva a convertir esas bases en objetivos de alto valor.

Existe un problema más difícil de calcular: Irán aprende. Lo hizo con los drones antes de que la guerra de Ucrania demostrara hasta qué punto esas armas podían alterar el campo de batalla. Apostó por aparatos de ataque baratos, prescindibles y fabricables a gran escala, capaces de saturar defensas cuyo costo supera por mucho al del arma que intentan derribar. Sus Shahed, drones de ataque de largo alcance, fueron adoptados por Rusia, producidos en masa y modificados; algunas de esas mejoras regresaron después al desarrollo iraní. El dato estratégico no es cuántos drones posee hoy Irán, sino lo que ocurrió alrededor de ellos: identificó antes que muchos una transformación de la guerra, desarrolló tecnología para explotarla y terminó colocado a la cabeza de una de sus principales líneas de evolución. Estados Unidos no tendría enfrente a un adversario tratando de alcanzarlo, sino a uno que, en áreas decisivas de la guerra contemporánea, ya llegó antes.

El 8 de enero, durante las revueltas callejeras provocadas por la guerra sucia de enemigos extranjeros, las movilizaciones eran alimentadas mediante la conexión con Starlink. Irán consiguió entonces cegar parcialmente Starlink en zonas determinadas, una hazaña tecnológica sin antecedentes conocidos hasta ese momento. La dimensión del logro importa: Starlink no es una red terrestre que pueda apagarse cortando cables o antenas, sino una constelación de miles de satélites en órbita baja cuyas terminales cambian de enlace para conservar la conexión. Irán consiguió degradarla de manera localizada mediante guerra electrónica. La Guerra de los Doce Días mostró después sobre el terreno el resultado de años de previsión y desarrollo militar iraní. La cooperación tecnológica y espacial con China se profundizó y la integración con BeiDou, el sistema chino de navegación satelital, dio a Irán mucho más que una mejora en la puntería de sus misiles: redujo su dependencia del GPS estadounidense y amplió su autonomía para navegar, posicionar, sincronizar y coordinar operaciones, además de fortalecer sus capacidades de observación, inteligencia y localización de objetivos. La mayor precisión exhibida después por sus misiles fue apenas una de las manifestaciones visibles de ese salto tecnológico. Drones, navegación satelital y el bloqueo parcial de Starlink no son episodios aislados: muestran a un país que anticipó hacia dónde se desplazaba la tecnología militar, invirtió en ella y ya ha demostrado resultados sobre el terreno.

Hay además una diferencia en la manera de exhibir el poder. Estados Unidos acostumbra anunciar despliegues, mostrar armamento y acompañar sus movimientos militares con una intensa exposición pública y mediática. Irán ha revelado buena parte de sus avances de otra manera: sobre el terreno. Las instalaciones y bases subterráneas que sólo se conocieron cuando fueron exhibidas o entraron en operación son apenas un ejemplo. Su existencia, pese a décadas de vigilancia satelital y trabajo de inteligencia sobre el país, deja al descubierto algo más importante que las propias instalaciones: cuánto desconoce todavía Estados Unidos sobre el desarrollo militar y tecnológico de su adversario.

Y todo esto sin entrar en las consecuencias económicas de una invasión de esa magnitud, en su costo para Estados Unidos y para la economía mundial, en la cercanía de las elecciones de medio término ni en el impacto que una nueva guerra tendría sobre la política interior estadounidense. El problema es anterior y mucho más profundo: la guerra cambió e Irán lleva años preparándose para ese cambio. Su desarrollo tecnológico responde a una planeación estratégica militar sostenida durante décadas. La defensa mosaico, los misiles y drones, la infraestructura subterránea, la guerra electrónica y la integración con sistemas satelitales revelan una concepción propia de la guerra: dispersar capacidades, preservar autonomía, asegurar la continuidad operativa, multiplicar los puntos de ataque y explotar las vulnerabilidades del adversario. Irán anticipó transformaciones de la guerra contemporánea, desarrolló tecnología para aprovecharlas y construyó una estrategia militar alrededor de ellas. Los resultados ya aparecieron sobre el terreno y algunas de sus capacidades sólo fueron conocidas cuando entraron en operación. Ése es el dato que cambia la ecuación: frente a Irán, la superioridad convencional dejó de ser sinónimo de superioridad estratégica. Y cuando además se desconoce una parte de lo que el adversario puede hacer, contar portaaviones, aviones y soldados dice mucho menos sobre quién puede ganar una guerra.

El mundo no está cambiando: cambió. El verdadero peligro es seguir calculándolo como si siguiera siendo el mismo.

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