jueves, septiembre 17, 2026

¿Y luego? Cuando nadie te cree / Por Lucía Deblock

«Anuncio la operación económica más devastadora jamás emprendida contra ningún país».

«Cualquier país que permita que sus instituciones financieras, empresas, aeropuertos o entidades gubernamentales proporcionen cualquier tipo de salvavidas a Irán enfrentará enormes consecuencias económicas».

«Esto será guerra económica y aislamiento a una escala sin precedentes».

Las tres declaraciones son de Donald Trump. Las hizo para anunciar el llamado «Día D económico» contra Irán.

Scott Bessent, secretario del Tesoro estadounidense, tampoco se quedó corto:

«Cualquier relación económica, de cualquier tipo, con este régimen asesino expondrá a los responsables a todo el alcance del poder estadounidense».

«Ha llegado el momento de que los líderes mundiales tomen una decisión. Entre prosperidad y aislamiento. Paz y terror. Estados Unidos e Irán».

Estas fueron algunas de las bombásticas declaraciones con las que los líderes de Estados Unidos anunciaron el llamado «Día D económico», amenazando no sólo a Irán, sino al resto del mundo con las consecuencias de mantener relaciones económicas con Teherán.

¿Y luego?

Bessent había advertido que la operación requeriría un trabajo previo con cada uno de los países involucrados y aseguró que el propio Trump estaba hablando con dirigentes extranjeros para conseguir su participación.

La razón era bastante simple: Estados Unidos prácticamente no comercia con Irán. Para convertir aquel «Día D económico» en el aislamiento que habían anunciado necesitaba que lo hicieran los demás.

Reino Unido anunció que se sumaba. Desde Europa llegaron también declaraciones de apoyo. Pero su adhesión tenía escaso efecto práctico sobre los principales flujos comerciales iraníes. Quienes importaban eran los países que sí comercian de manera significativa con Teherán.

Veamos entonces quiénes son los principales socios comerciales no petroleros de Irán y qué respondieron al llamado «Día D económico»:

China: respuesta oficial: rechazo.

Irak: sin respuesta oficial localizada.

Emiratos Árabes Unidos: adhesión previa al Día D.

Turquía: respuesta oficial: «tomamos nota»; sin adhesión.

Afganistán: sin respuesta oficial localizada.

Pakistán: respuesta oficial: no adhesión; mantiene comercio con Irán.

India: respuesta oficial: no adhesión.

Alemania: sin respuesta oficial específica localizada.

Rusia: sin respuesta oficial específica localizada.

Como ejemplo, el apoyo británico al «Día D» tuvo gran repercusión mediática y nulo peso comercial: Reino Unido acumulaba cientos de sanciones contra Irán y prácticamente no tenía comercio que cortar.

Unos días después, Alemania acusó a Rusia del intento de atentado con un dron cargado de explosivos en el aeropuerto de Leipzig/Halle. El gobierno aseguró que la responsabilidad rusa estaba «inequívocamente» demostrada por el patrón del ataque, las investigaciones policiales y la información de inteligencia.

No presentó una sola prueba ante la prensa.

Los periodistas insistieron. Uno de ellos preguntó al viceportavoz del gobierno, Steffen Meyer:

—La diferencia entre un gobierno democrático y otros sistemas es también la obligación de rendir cuentas ante la opinión pública. ¿Ante quién rinden ustedes cuentas?

—Ante los ciudadanos de Alemania —respondió Meyer.

—Estamos dando vueltas en círculo. Ustedes no están rindiendo cuentas, no presentan pruebas y acaba de decir que no debemos ser ingenuos. ¿Esperan que la opinión pública sea ingenua y simplemente les crea?

Meyer volvió a remitirse a las investigaciones policiales, los servicios de inteligencia y el patrón del ataque. Ninguna prueba.

Putin respondió en el marco de la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái. Calificó la decisión alemana de «grave error», aseguró que iba contra los intereses del propio pueblo alemán y preguntó: «¿Dónde están las pruebas?».

Y luego llegaron las burlas internacionales. Alemania había lanzado una acusación gravísima contra Rusia sin presentar una sola prueba ante la opinión pública. Una acusación que pretendía exhibir firmeza terminó convertida en motivo de cuestionamientos y burlas fuera de sus fronteras.

Hacen acusaciones muy serias y no presentan pruebas.

Resultado: Alemania cerró la Casa Rusa; Rusia cerró los Goethe-Institut.

¿Y luego?

El catálogo de la estupidez

En febrero de 2022, un documentalista autorizado por el Elíseo grabó íntegramente, sin avisar previamente al Kremlin, una conversación confidencial de una hora y 45 minutos entre Emmanuel Macron y Vladimir Putin. Cuatro meses después, France 2 difundió nueve minutos de aquella llamada en el documental Un président, l’Europe et la guerre. Serguéi Lavrov protestó y calificó la divulgación como contraria a la ética diplomática. El episodio pasó a la posteridad como una muestra de desconfianza internacional hacia el Elíseo.

El 4 de octubre de 2022, Volodímir Zelenski promulgó el decreto 679/2022, que hizo obligatoria la decisión del Consejo de Seguridad Nacional y Defensa de Ucrania. El punto primero estableció «la imposibilidad de llevar a cabo negociaciones con el presidente de la Federación Rusa, Vladimir Putin».

En junio de 2025, durante la cumbre de la OTAN en La Haya, Donald Trump comparó la guerra entre Israel e Irán con una pelea entre dos niños. Mark Rutte, secretario general de la OTAN, intervino: «Y entonces papá tiene que usar, a veces, un lenguaje fuerte». El «papá» era Trump.

En agosto de 2025, Donald Trump y Vladimir Putin se reunieron en Anchorage, Alaska. Tres días después, una comitiva de dirigentes europeos, junto con Volodímir Zelenski, llegó en tropel a la Casa Blanca. La visita fue presentada oficialmente como una reunión para discutir la guerra en Ucrania, pero llegaba inmediatamente después de Anchorage y alrededor de la iniciativa diplomática que Trump acababa de abrir con Putin. La prensa y la propia Casa Blanca dejaron una colección extraordinaria de fotografías que dieron cuenta de la subordinación europea.

En febrero de 2026, Kaja Kallas, alta representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, declaró: «Rusia no es una superpotencia. Hoy Rusia está rota, su economía está hecha pedazos, está desconectada de los mercados energéticos europeos y sus propios ciudadanos están huyendo».

Dos meses después, la máxima responsable de la diplomacia europea rechazó buscar conversaciones directas con Moscú: «No deberíamos humillarnos siendo nosotros quienes lo solicitamos, suplicando que hablen con nosotros».

La Unión Europea no ha roto relaciones diplomáticas con Rusia. Ha reducido personal, expulsado diplomáticos, cerrado consulados, impuesto restricciones de desplazamiento y reducido mecanismos de contacto. Pero las 27 embajadas rusas permanecen abiertas. Las relaciones diplomáticas existen, aunque a nivel ornamental: lo que se rechaza es ejercer la diplomacia.

El problema de las declaraciones grandilocuentes aparece cuando llegan los números.

Reino Unido merece una categoría aparte: desde que comenzó la guerra en Ucrania ha tenido cinco primeros ministros: Boris Johnson, Liz Truss, Rishi Sunak, Keir Starmer y Andy Burnham. Truss anunció su renuncia apenas 45 días después de asumir.

Y queda la economía «hecha pedazos».

Según las oficinas estadísticas de cada país, Rusia, el país más sancionado de la historia y sobre el que pesan más de 30 mil medidas restrictivas de carácter económico, financiero y comercial desde 2022, pasó de una contracción de 1.4% ese año a crecimientos de 4.1% en 2023 y 4.9% en 2024. En 2025 creció 1% y en el segundo trimestre de 2026 registró un crecimiento interanual de 1.3%.

En esos mismos años, Alemania pasó de 1.9% en 2022 a -1% en 2023, 0% en 2024 y 0.2% en 2025; Francia, de 2.7% a 1.6%, 1.5% y 0.9%; Reino Unido, de 4.8% a 0.3%, 1% y 1.3%; Italia, de 3.7% a 1%, 0.7% y 0.5%; Países Bajos, de 5% a -0.6%, 1.1% y 1.8%.

Los datos provienen de Rosstat, Destatis, INSEE, ONS, ISTAT y CBS: cada país contado por su propia oficina nacional de estadística.

El dato mata al relato.

En junio de 2026, según relató Serguéi Lavrov, Emmanuel Macron declaró durante la cumbre del G7 en Évian: «Hemos enterrado Anchorage y ahora Trump está con nosotros». Para entonces habían pasado poco más de tres meses desde que Estados Unidos e Israel atacaron Irán. Todavía dominaba el mismo tono de suficiencia: bastaría hacer estallar unas cuantas bombas para que el adversario se pusiera de rodillas. Irán demostraría que tampoco habían dimensionado correctamente las consecuencias.

En 2026, la defensa europea de la democracia ucraniana produjo otra de sus paradojas. Mykhailo Fedorov, destituido del Ministerio de Defensa en julio en medio de protestas, rechazó otros cargos ofrecidos por Zelenski y se convirtió en una de las voces disidentes más visibles que reclamaban la celebración de elecciones en Ucrania. El 18 de agosto exigió restablecer el proceso electoral. Diez días después, Italia formalizó su incorporación como asesor del ministro de Defensa, Guido Crosetto. Una de las voces que exigían elecciones salió así del escenario político ucraniano para incorporarse al aparato de Defensa italiano.

Hace apenas tres días, Radosław Sikorski, ministro de Exteriores de Polonia, decidió que había llegado la hora de «quitarse los guantes». «Si Rusia nos atacara y nos quitáramos los guantes, creo que derrotaríamos a Rusia bastante rápido», aseguró. La OTAN, añadió, posee una «superioridad abrumadora sobre Rusia en poder aéreo»: unos 2,500 aviones de combate modernos, una superioridad que, según Sikorski, seguiría siendo abrumadora incluso sin Estados Unidos.

Sin embargo, según World Air Forces 2026, Rusia cuenta con 1,559 aeronaves de combate activas: la tercera mayor flota de combate del mundo, sólo detrás de Estados Unidos y China.

Sikorski siguió: si Ucrania había logrado inutilizar aproximadamente la mitad de la capacidad de refinación rusa en seis meses, la OTAN podría destruir la otra mitad en seis semanas.

Y utilizando aquella frase de Ursula von der Leyen, que sentenció ante el Parlamento Europeo: «Rusia se ha alejado por completo de Europa, su relación económica más importante, y está aislada en el escenario mundial».

El aislamiento tiene una agenda bastante apretada.

En lo que va de 2026, Vladimir Putin se ha reunido con Xi Jinping en China; con Narendra Modi y una larga lista de jefes de Estado y de gobierno durante la cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái en Bishkek; participó en el Foro Económico Oriental de Vladivostok y acaba de estar en Nueva Delhi para la cumbre de los BRICS.

A Moscú también han llegado interlocutores que difícilmente pueden despacharse como parte del mismo bloque político. Paul Richard Gallagher, responsable de la diplomacia de la Santa Sede, visitó la capital rusa en agosto, enviado por el Vaticano. Steve Witkoff y Jared Kushner, enviados de Donald Trump, estuvieron en el Kremlin hace apenas unos días y mantuvieron una reunión de más de tres horas con Putin. Para Witkoff era ya su octavo encuentro con el presidente ruso.

Gallagher dejó, además, una frase incómoda después de su visita: «Aislar a las personas, a los países, francamente, no ayuda».

El 11 de septiembre, Vladimir Putin llegó a la sesión de líderes del Foro Empresarial de los BRICS, en Nueva Delhi, ante un auditorio que lo recibió de pie y entre aplausos.

¿Y luego?

 ¿Quién explica tantas mentiras, tantos datos falsos, tantos pronósticos fallidos y tantos sesgos presentados como certezas? ¿Quién responde cuando el relato se estrella contra los hechos? Nadie. Simplemente se pasa a la siguiente declaración. Pero las mentiras no son inocuas: erosionan la palabra, destruyen la confianza y terminan por volver irrelevante a quien las pronuncia. Tal vez éste sea otro de los cálculos que tampoco están considerando.

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