
Hay personajes a los que el tiempo no tiene la intención de olvidarlos, Valente Arellano es uno de ellos. Tenía apenas 19 años cuando murió, pero para entonces ya había dejado una huella profunda en la fiesta brava mexicana.
Pedimos los permisos necesarios para que las huestes de la inmortalidad nos permitieran charlar con esta efímera figura de los ruedos y logramos conseguir esta entrevista.
—Valente, ¿desde cuándo quisiste ser torero?
—Desde niño. Siempre quise serlo. Mi papá Valente Arellano Flores me inculcó el amor a la fiesta brava. En casa había muchos libros de toreo y casi siempre se hablaba de la fiesta brava. Ser torero ya lo traía en la sangre.
—¿Y cuándo supiste que podías llegar lejos?
—Cuando entendí que el toreo no solo era pasión sino también destino y se acrecentó más cuando me paré frente a un toro y no tuve miedo. No sabía hasta donde llegaría, pero tenía la certeza de que jugándome la vida cumpliría mi sueño.

—¿Qué sentías cuando entrabas a una plaza llena?
—Mucha emoción, pero también temores como todos. Me motivaba ver a la gente corear el ole y gritar mi nombre desde las gradas. Se me enchinaba la piel y obviamente convertía eso en fuerza y lo demostraba toreando.
Valente Arellano nació el 30 de agosto de 1964 en Torreón. Debutó como novillero en 1979 y rápidamente empezó a llamar la atención por su personalidad y por la manera en que toreaba.
—¿Cuál fue tu tarde más importante como novillero y como matador?
Como novillero, la tarde más importante de mi vida fue la del 7 de noviembre de 1982, en la Plaza México. Aquella tarde, con Pelotero, pude expresar lo que llevaba dentro: hambre de triunfo, personalidad y el deseo de demostrar que podía ser alguien importante en el toreo.
Como matador, la alternativa representó para mí la confirmación de que el sueño se había cumplido cuando el gran Eloy Cavazos me la cedió en Monterrey, el 4 de junio de 1984,
—Valente, ¿eras consciente de que tu carrera apenas comenzaba? ¿Qué soñabas para los siguientes años?
—Torear, viajar, conocer otras plazas… crecer como torero. Consolidarme como el mejor y hacer una historia increíble. Me gustaba aprender y ser siempre el más destacado. Quería ponerme junto a los grandes toreros del mundo.
—Además de los toros, tenías otra pasión, las motocicletas. ¿Qué encontrabas en ellas que te hacían sentir tan libre?
—La moto me daba una sensación distinta a la del ruedo, velocidad, libertad y esa emoción de sentir que el mundo se abría delante de mí. En la plaza, la muerte estaba frente a mí, en la carretera, la velocidad me hacía sentir vivo. Quizá en ambas había algo en común, la necesidad de sentir intensamente cada instante.

— ¿Nunca tuviste miedo de que alguna de esas dos pasiones pudieran costarte la vida?
—Uno sabe que existen riesgos, pero cuando eres joven sientes que todavía tienes todo el tiempo del mundo. Piensas en lo que viene, en lo que vas a conquistar, no en que un día todo puede terminar. Yo tenía sueños por cumplir y una carrera por delante. La verdad jamás pensé que mi vida se truncaría teniendo tan solo diecinueve años.
Apenas dos meses después de tomar la alternativa, el 4 de junio de 1984, Valente Arellano Salum encontró la tragedia en su natal Torreón, Coahuila. La noche del 4 de agosto, mientras conducía su motocicleta deportiva a gran velocidad por la avenida Juárez sufrió un aparatoso accidente que le provocó heridas que le causaron la muerte al día siguiente con apenas 19 años.
Con un futuro por delante, nueve corridas en su haber y un futuro prometedor, Valente finalizó sorpresivamente su vida lejos del ruedo y montado sobre una poderosa máquina de acero.
El tiempo se ha agotado. Ya no hay más, aunque muchas preguntas quedaron pendientes. Antes de despedirnos le lanzó una última.
—Valente ha sido una plática breve, pero muy interesante. Por último, qué mensaje le dejarías a la gente que te recuerda y a los que llegaron a admirarte.
—Primero que nada, muchas gracias por la entrevista y un abrazo muy fuerte a todos los que me conocieron y decirles que es importante que luchen por sus sueños. Que nunca piensen que tienen la vida comprada. Yo partí de este mundo siendo muy joven y la verdad como me gustaría volver el tiempo al pasado para vivir, amar y ser feliz y no dejar pendiente nada para el día de mañana. Aprovecharía al máximo todo lo que nos da la vida.

Valente se despide. Nos abrazamos. Sus ojos inquietos y vivaces asoman una discreta lágrima. El silencio vuele. El joven observa detenidamente el ruedo. La plaza está vacía. Ya nadie nos oye, ya nadie nos ve. Ahí termina la entrevista. No con una despedida, porque quizá las historias como la de Valente Arellano nunca terminan del todo.
Terminan las vidas, pero casi siempre inician las leyendas.







